La Resiliencia Del Dólar
¿Por qué sigue siendo el eje de su patrimonio?.
El 15 de agosto de 1971, Richard Nixon se dirigió a la nación estadounidense en un discurso televisado que cambiaría la historia financiera del mundo. Con la excusa de proteger al dólar de los “especuladores internacionales”, anunció que suspendía la convertibilidad del dólar en oro. Sin fanfarria, sin reconocimiento explícito de lo que ocurría, Estados Unidos simplemente dejó de cumplir el compromiso central del sistema de Bretton Woods.
Ese compromiso había sido simple y solemne: cada dólar podría ser canjeado por oro a razón de 35 dólares la onza. Era la promesa que le había dado legitimidad al dólar como moneda de reserva mundial desde 1944.
Pero en el camino, algo se torció. El gasto en la Guerra de Vietnam y los persistentes déficits habían erosionado las reservas. Francia, liderada por el general De Gaulle, ya había comenzado a exigir oro a cambio de sus dólares. El juego estaba terminando.
Nixon eligió no cumplir. Lo que el mundo aceptó aquella noche fue, en esencia, un default disfrazado de política monetaria. Las monedas del mundo se desvincularon del oro y pasaron a flotar libremente. Pero quedó abierta una pregunta existencial: si el dólar ya no valía oro, ¿qué lo respaldaba?
La respuesta llegó de la mano de Henry Kissinger y del petróleo. En el contexto de la crisis de 1973, Kissinger negoció con Arabia Saudita un arreglo de consecuencias históricas: a cambio de protección militar, los sauditas aceptarían denominar sus ventas de petróleo exclusivamente en dólares.
Para 1975, todos los miembros de la OPEP habían adoptado el mismo estándar. El petróleo solo se compraría y vendería en dólares. Cualquier país que quisiera importar energía necesitaría primero conseguir dólares, obligando a los bancos centrales a mantener reservas masivas en la moneda americana.
Hoy, el panorama fiscal de Estados Unidos es radicalmente distinto al de 1971. La deuda federal ha superado los 36 billones de dólares —un aumento de más del 9.000%—, representando cerca del 120% del PIB. El año fiscal 2024 marcó un hito funesto: por primera vez, el gobierno pagó más de un billón de dólares solo en intereses.
Fig. 1 — Pagos de intereses netos de la deuda federal vs. Defensa y Medicare (2015–2024).
Fuente: GAO, CRFB, CBO.
La tasa promedio ha pasado del 1,5% al 3,3% en 2025. En mayo de 2025, Moody’s rebajó la calificación de la deuda soberana desde AAA, terminando con la era del crédito perfecto para Washington.
¿Por qué no ha colapsado este castillo de naipes? Porque el privilegio del dólar actúa como un amortiguador. El mundo sigue comprando bonos del Tesoro porque los necesita para liquidar transacciones y mantener reservas. Pero esa arquitectura está bajo una presión silenciosa.
Fig. 2 — Participación del dólar en reservas mundiales de bancos centrales (2001–2025).
Fuente: IMF COFER, Fed Reserve 2025.
La pregunta pertinente no es si ocurrirá un colapso, sino si el privilegio se erosionará lo suficiente como para que Washington pierda su estatus de deudor privilegiado.
En este contexto, el bloque BRICS —que hoy incluye a potencias como Irán, Emiratos Árabes e Indonesia— ha levantado la bandera de la desdolarización con creciente insistencia. Representan hoy una fuerza económica que desafía directamente el orden establecido en Bretton Woods.
En la cumbre de Kazán de octubre de 2024, el gesto de Putin sosteniendo un prototipo de moneda BRICS fue más simbólico que práctico, pero la señal fue clara. Los sistemas alternativos como el CIPS de China ya conectan a más de 180 países, facilitando transacciones que esquivan el dominio del dólar.
Sin embargo, la ambición de una moneda común enfrenta obstáculos formidables. China no desea levantar los controles de capital que sostienen su modelo exportador. Por ello, la desdolarización se mueve en la práctica: más transacciones en monedas locales y acuerdos bilaterales. Es un proceso gradual, real y potencialmente peligroso para la hegemonía del billete verde a largo plazo.
El verdadero nervio expuesto no está en las cumbres diplomáticas sino en los mercados petroleros. Irán y Venezuela han hecho exactamente lo que Washington teme que otros imiten: vender su petróleo en monedas distintas al dólar, principalmente al yuan chino, desafiando la hegemonía del petrodólar de forma directa.
Fig. 3 — Reservas probadas de petróleo por país (miles de millones de barriles, 2024). En verde: países que venden crudo en yuanes.
Fuente: EIA, Kpler, Columbia CGEP.
En 2025, casi una quinta parte de las importaciones chinas de petróleo provenían de estos dos países. Las transacciones, a menudo encubiertas para evadir sanciones, se realizaban a través de refinerías independientes o “teapots”, liquidando el pago en yuanes o criptomonedas estables (USDT).
Venezuela ha redirigido la totalidad de sus exportaciones hacia China, pagando deudas masivas con barriles. Irán, por su parte, ha perfeccionado el uso de “flotas fantasma” y redes de intermediarios para “limpiar” el origen de su carga y mantener el flujo de capital fuera del sistema SWIFT. Esta es la grieta real en la arquitectura financiera de Estados Unidos.
A comienzos de 2026, la administración Trump actuó con una contundencia que sorprendió a muchos analistas. La intervención en Venezuela redirigió abruptamente el flujo de exportaciones venezolanas hacia Estados Unidos, eliminando de un golpe la principal fuente de crudo barato y no-dolarizado para China.
Casi simultáneamente, la presión sobre Irán escaló dramáticamente. El efecto sobre Pekín fue inmediato y doloroso: el suministro que representaba casi una quinta parte de sus importaciones de crudo quedó comprometido. El patrón histórico es difícil de ignorar.
Lo que Trump está haciendo —con toda su retórica transaccional— es en esencia lo mismo que Nixon hizo en 1971 y Kissinger en 1974: proteger la arquitectura sobre la cual descansa el privilegio monetario de Estados Unidos.
Hay una coherencia brutal en toda esta historia. Estados Unidos abandonó el patrón oro cuando ya no podía sostenerlo y construyó un nuevo sistema respaldado por la necesidad energética de todo el planeta. Usó ese privilegio para financiar un nivel de deuda que ningún otro país podría tolerar.
El dólar vale lo que vale no solo por la productividad, sino porque el comercio de energía está bajo su dominio. Si esa denominación cambia —si el crudo venezolano llega a China en yuanes—, el privilegio se erosiona y con él, la capacidad de Washington de sostener su proyección global.
La guerra del petróleo es la guerra del dólar. Cuando Trump escala la presión, está protegiendo el sistema que permite a Estados Unidos pagar los intereses de 36 billones de dólares sin colapsar. Es la lucha del acreedor que jamás necesita justificar sus deudas porque el mundo no tiene más remedio que financiarlas.
Pero la estrategia de Washington enfrenta hoy una contradicción interna que no existía en tiempos de Kissinger. Trump quiere simultáneamente dos cosas que se tensionan entre sí: reindustrializar Estados Unidos —traer de vuelta la manufactura, reducir la dependencia de cadenas globales, imponer aranceles— y mantener intacto el privilegio del dólar como moneda de reserva. El problema es que ambos objetivos tiran en direcciones opuestas. Un dólar fuerte y omnipresente en el comercio global encarece las exportaciones y desincentiva la manufactura doméstica. Un dólar debilitado o menos universal abarata las exportaciones, pero erosiona exactamente el mecanismo que permite a EE.UU. financiarse barato.
En este contexto, la escalada contra Irán cobra una dimensión adicional que los mercados han comenzado a incorporar en los precios. El futuro del petróleo WTI para abril de 2026 subió cerca de 25%, superando los US$110 por barril. La pregunta para los inversionistas no es simplemente si el petróleo subirá más, sino qué resultado estratégico buscan Estados Unidos e Israel en Irán —y qué significa eso para el sistema energético global.
Según reportes recientes, Trump ha señalado que no habrá acuerdo con Irán salvo una “rendición incondicional”, lo que sugiere que el objetivo podría ir mucho más allá de contener el programa nuclear iraní y apuntar a debilitar estructuralmente la capacidad regional de Teherán, especialmente en términos energéticos. Si se elimina o reduce drásticamente el acceso iraní al mercado petrolero global, el efecto en cascada sobre China —el principal receptor de ese crudo— sería inmediato y costoso.
Todo esto converge en un punto geográfico de importancia casi inverosímil para un lugar tan pequeño en el mapa: el Estrecho de Hormuz. Por esa vía marítima de apenas 33 kilómetros en su punto más angosto circula cerca del 20% del consumo mundial de petróleo y aproximadamente una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Más revelador aún: el 84% de ese petróleo se dirige a Asia, lo que significa que cualquier interrupción —real o percibida— afecta de forma desproporcionada a China, India, Japón y Corea del Sur.
Gran parte del petróleo iraní que hoy llega a China lo hace a través de cadenas de transporte indirectas: flotas de barcos que apagan sus transponders, transbordos en aguas de terceros países, facturas con origen ficticio. Es un sistema frágil construido sobre la discreción y la opacidad. Si ese flujo se vuelve más riesgoso —por mayor presencia naval estadounidense, por sanciones secundarias más agresivas, o por el riesgo de conflicto abierto en el Golfo— China enfrenta no solo menor volumen de crudo disponible sino un encarecimiento estructural de su energía importada. Y eso afecta directamente su competitividad industrial.
El escenario que los mercados parecen estar descontando hoy no es el de un cierre total del Estrecho —que sería catastrófico para todos, incluyendo a EE.UU.— sino algo más sutil y probablemente más duradero: un equilibrio inestable de alta tensión. Conflictos prolongados, interrupciones ocasionales en rutas energéticas, primas de riesgo elevadas en el comercio de petróleo. Incluso sin un bloqueo real, la incertidumbre ya eleva los costos de transporte marítimo, los seguros, las coberturas financieras. Todo ello es inflacionario para la economía global y genera mayor volatilidad en los mercados de commodities.
Las grandes preguntas que los mercados aún no han terminado de responder son: ¿Cómo intentará China asegurar el flujo energético que alimenta su industria cuando el crudo iraní y venezolano ya no es tan accesible? ¿Observa Rusia —que se beneficia directamente de un petróleo más caro— cómo el conflicto fortalece sus ingresos fiscales sin exponerla directamente? ¿Cuánto tiempo puede durar una escala de esta naturaleza, y qué efectos acumulará sobre el sistema financiero global en los próximos cinco años?
La duración del conflicto importa tanto como su intensidad. Los mercados pueden absorber un shock de corto plazo; lo que no pueden descontar fácilmente es una reconfiguración energética prolongada cuyas consecuencias no se conocen del todo. Esos son exactamente los riesgos que hoy no están completamente incorporados en los precios. El Estrecho de Hormuz vuelve a recordarle al mundo algo que prefiere olvidar en los períodos de calma: la estabilidad económica global depende de unos pocos puntos geográficos extremadamente frágiles, controlados por actores cuyas motivaciones no siempre son transparentes ni predecibles. Cuando esos puntos se calientan, el mundo entero lo siente —en la bomba de gasolina, en la factura eléctrica, en la inflación, en el precio de todo lo que se fabrica, transporta o consume.
El sistema del petrodólar no es eterno, pero tampoco es frágil. Es un equilibrio construido sobre mercados financieros profundos, poder militar y la ausencia de alternativas creíbles. La verdadera pregunta no es si el dólar perderá su hegemonía, sino cuánto tiempo más el resto del mundo seguirá prefiriendo ese sistema —con todas sus contradicciones— antes de enfrentar el caos de reemplazarlo.
Al menos, por ahora.
Reserva Federal de EE.UU. FMI COFER Q3 2025 GAO FY2024 (Oficina de Rendición de Cuentas) CBO (Oficina de Presupuesto del Congreso) U.S. Energy Information Administration (EIA)
Atlantic Council GeoEconomics Center Carnegie Endowment for International Peace Columbia University Center on Global Energy Policy NBER Working Paper 32129 CRFB • CFA Institute Survey 2024
Kpler (Seguimiento Marítimo) Iran International • Reuters EIA — Análisis Estrecho de Hormuz Federal Reserve History Project
